De mudanzas y voces*


Apenas llevo unos meses trabajando en una galería cuando me avisan que me llevarán para una tienda de ropas. Acomodo mi pensamiento a la idea de la transferencia; no será fácil, me advierto. Ya comenzaba a sentirme protegida por los destellos del óleo que no unge pero conforta, aún cuando las obras no pasen de meras insinuaciones para aparear con sofás. Una fotografía del carnaval de Venecia me recuerda que acá la mascarada dura casi todo el año. El verdadero rostro pocos lo arriesgan. Pasa alguien que reconozco y le extiendo un saludo. Hablamos de lo obvio, las bajas temperaturas, lo bien que se venden los accesorios de Romero Britto (fabricados en China), y entonces me dice que Carlos Barrios está mudando su tienda. “¿Agartha City se muda?”. “Sí, bien lejos. Ya sabes, la renta”. Qué poco duró la fascinación de ese espacio para mí, mitad bazar de antigüallas y orientalismo, mitad librería, donde Carlos emprendió algunas reuniones en torno a la escritura. En esa arca, compartiendo espacio las divinidades, los patriarcas, los incensarios y los mandalas, me reencontré con la Gitana, transplantada de la Habana Vieja a Hialeah; un personaje común a la vida bohemia que se dio cita en la Casa del tango en los años noventa y que asoma en uno de mis cuentos de esa época. Allí, al amparo de sus pinturas no hechas para agradar, conversé con Barrios sobre las casas hechizadas de Miami y de cómo su cuerpo, curtido en la Poesía, era casa de tránsito para espíritus y voces ajenas.

En ese cenáculo conocí al pintor Alejandro Lorenzo, al poeta Rodrigo de la Luz, a Elena Tamargo, esa mujer única que en una noche nos leyó fragmentos de una novela en construcción. Custodiados por bodhisatvas de madera de cerezo y figuras del teatro de sombras de Bali, nos sentamos a escuchar a Elena, quien no titubea al hablar de la vida y del dolor, de la hermeneútica, del exilio y su transposición. Una tienda se muda, abren otra nueva. Me mudan a la nueva. Se mudarán a la que cierra. Se cerrarán a la que muda. Las escrituras antiguas ya dijeron todo lo posible sobre la impermanencia. Los periódicos de hoy hablan de la crisis, las crisis, las múltiples crisis. Pero Elena, de su propia voz dijo aquella noche mientras leía: “La constancia es más fuerte que el destino”. Yo la repito bien bajo, no vaya a ser que algún ladrón de saber se la lleve y deje un espacio en blanco en la novela por venir. Lo que no sería justo pues esa frase, con todos sus quilates, debe llegar a todos, debe ampararnos de tanto buen empeño que se escurre.


María Cristina Fernández





*Publicado en Tumiamiblog el 13 de enero del 2010



La Peregrina Magazine