
Teresa o las huellas (fragmento)
Cada vez que miraba al pasado no podía dejar de sentirlo físicamente, esa conexión entre el cerebro y el estómago, aparte de ser un trastorno, siempre se le aparecía tan irremediable como las mismas consecuencias del vivir… ya saben, eso de las estrellitas puntiagudas macerando por dentro, creando lo que algunos llaman angustia o placer y que Teresa atrevidamente denominaba “ansias sadomasoquistas”. Decía que unas dolían, otras se filtraban cual cursi melancolía otoñal mientras dormía, quizás disfrazadas de espectros, otras ciegas de rencor… pero suponía que la vida estaba llena de eso y de mucho más, cosas que se escapaban de su dominio, que se han vivido por imposición, o por desearlas vivir, en fin, todo eso que los abuelos definían como predestinaciones adversas o desgracias del cielo.
Le habían dicho que las nubes en aquella ciudad eran locas y arrogantes, las veía flotar por encima de su cabeza y atravesar las piedras lejanas con cierto encogimiento. Era como si estuvieran al alcance de su mano, esponjosas y rasgadas, sutiles y magníficas, por tanto no había día en el que no mirara a través de la ventanilla del coche hacia ese punto mágico en el que se unían con el horizonte. Aunque no se lo explicara muy bien, como le pasaba con muchísimas cosas, las asemejaba a su propia vida; cambiaban abruptamente de forma, de color, se dispersaban por el cielo en una lujuria dispar que a merced del viento, la luz del día o la oscuridad de la noche, se estrellaban contra la agonía y la hermosura de la naturaleza y se dejaban llevar por la corrientes del levante.
Pasado y nubes jugaban a mezclarse, se dio cuenta cuando al renunciar a una de sus tantas vidas, la locura del amor la llevó hacia ellas. El reto era tocarlas, montarse en globo, entregarse otra vez aunque supiera que como cada episodio terrenal, este terminaría algún día desvaneciéndose. Pero, ¿acaso no era una aventurera ansiosa? ¿Qué era la permanencia sino un campo de tránsito hacia las ensoñaciones del vivir apresurado?
-Eres una intrusa, una violadora de secretos… -me había dicho con la boca torcida.
A Teresa había que amarla con los ojos, con miradas directas, con ella no existían los términos medios, las agachadas incriminaciones, las cabezas cubiertas. Hija de la noche por inspiración, reclamaba soles a la hora de enfrentarse con su destino, la palabra llana y sencilla devenía urgencia, la única forma posible de comunicarse y ser recibida, de ahí que el oficio de taimado con el tiempo lo combatiría incluso con fiereza, lenguaje de los primeros hombres que tuvieron que sobrevivir en un medio hostil para que la raza siguiera multiplicándose. Primitiva y dulce como el mango en estación, se colgaba de los árboles viendo al río ensordecer sus orillas, pero se entregaba con amorosa pasión a todo lo que entraba por su puerta, a lo que pasaba por debajo de su ventana, las cosas que imaginaba detrás de las enredaderas, los sonidos de su vecindario que a falta de flores que decir volaban impregnados de improperios.
-Todos tenemos un barniz… no me gusta el barniz… es superficial y requiere demasiado esfuerzo… -dijo a su padre una tarde mientras se comía las uñas- por eso no censuro el maldecir escandaloso del populacho…
Sin embargo, con los años se fue convirtiendo en odiadora del gentío, aquellos carnavales en donde se refugiaba cutareando con amigos sublimizados, dejaron de ser divertidos una vez que el karma fue saciado y su identidad vilipendiada, lo que contribuyó a que el ciclo de su vida enloqueciera de cambios. No se arrepentía, esa es la verdad, en lo que otros maldecían su infortunio, ella gozaba por cada aliento de inspiración, así fuera trágico. ¿Qué hubiera sido de su poesía si no existiesen lagunas aterradoras? ¿Cómo hubiera podido componer esos adagios lastimeros y nostálgicos si la muerte no asomara de vez en cuando con su desfachatez de dama siniestra? ¿Acaso vivir también no implicaba dolencias, pesadillas, trampas, malgastados heroísmos? ¿Sería ella igual si lo vivido hubiera carecido de tantas penas como alegrías?
Una tarde de marzo recibió una citación para personarse en una Seccional de Centro Habana. Según este nuevo comunicado dantesco, estaba siendo convocada como testigo a un Juicio Popular. Cagada y con el corazón repartido por todo el cuerpo, se cuidó mucho que su madre no se enterara y en la fecha señalada, partió con su inquietud de María Magdalena a ese nuevo y desconocido enfrentamiento con el poder soberano. Lo cierto es que no se lo explicaba, desde su última experiencia en Empedrado y Monserrate se había aislado de la sociedad, más que todo por la imposición de las leyes, pero si creía en algo a estas alturas de su corta pero agitada existencia, era en la predestinación, puesto que la vida misma se lo había dejado muy claro sobre el tapete.
Con un montón de dudas operáticas subió al autobús y se dejó empujar por la avalancha de cuerpos sudados. Todo olía a desperdicios, la gente, el aire capitalino, la peste del basurero en que se habían convertido las calles por falta de agua y la negligencia, hasta los rostros amables de las viejecillas y las narices mocosas de la chiquillería le sugerían un hedor tan intenso que estuvo varias veces a punto de vomitar. Pensó que los nervios se le habían incrustado en la boca del estómago, los sentía ruidosos, avasalladores, puntiagudos, y también que la atravesaban de parte a parte. Al bajarse del dinosáurico artefacto del transporte público, perseguida por insultos de callos aplastados y tetas apachurradas, se dirigió a toda marcha hacia uno de los callejones que desembocaban a Obispo, una de las arterias más fascinantes de la antigua ciudad. Las formas caprichosas de las verjas, con sus históricas memorias llenas de empolvados episodios, los vitrales aún conservados aunque con algún que otro cristal apedreado por la chusma, las estrechas aceras y los desgastados adoquines, la fueron trayendo a la tierra poco a poco para cobijarla en su siempre función de pensante. Esas paredes, con sus siglos de permanencia estoica, mostraban sus primeros signos de muerte y fatalidad. Hondas quebraduras se repartían cual heridas incurables por sus despintadas superficies, los techos apuntalados, parte del paisaje urbano cada vez más común en esos días del advenimiento del absurdo, y la gritería de fantasmas obligados a compartir habitaciones subdivididas hasta la eternidad, transportaban a Teresa a una época remota que a veces le parecía haber vivido en una de sus reencarnaciones. Amante del pasado de su ciudad por adopción, en infinitas ocasiones se entregaba a transmutaciones y viajes siderales por sus calles de inigualable belleza. La magia de bucaneros y cecilias, de carruajes y monasterios, de murallas, fortalezas y faroles adormecidos, levitaban su cerebro de por sí fructífero y de la mano de fantasías que convertía en reales, madrugaba sentada en las esquinas con amigos tan prodigiosos como ella. Ahora, caminando en medio de un sonambulismo errático, se dirigía a la inconsistencia, al amargor de bilis, a caras sin ojos, ni muecas, o arrugas, eran, sencillamente, caras inexistentes, y no porque no las hubiera visto, sino porque dentro de ella, en ese espacio de su universo personal, el miedo había dejado de existir. Los jueces no tenían caras, eran asexuados, anónimos, depredadores sin nombre, y el circo sólo un hueco donde arrojar sus infinitas máscaras sin luz.
Cuando llegó allí observó que el callejón estaba cerrado con unas vallas para evitar el paso de coches y habían dispuesto aproximadamente unas cien sillas de tijera. En los extremos se encontraban apostados varios policías y casi en el medio, se distinguían una mesa larga con seis taburetes y sus respectivos ocupantes, es decir, los jueces populares, que no eran más que gente del pueblo manipulados por el poder y a los cuales se les había conferido el alto privilegio de ajusticiar a sus conciudadanos. Por supuesto, estos jueces no tenían ni el más mínimo conocimiento profesional, desconocían la Constitución –cosa que en realidad no hacía falta, pues era violada todos los días y había dejado de existir oficialmente-, y en muchas ocasiones, eran personas de muy baja educación académica. Eso sí, eran fieles revolucionarios, esponjas de la mar revuelta, cera en manos de artesanos expertos, almas infelices que nunca conocieron la bonanza y que adulados por los endemoniados políticos de turno, se dejaban llevar de la mano a la gloria ficticia de la inmunidad ciudadana. La fantasía de gobernar sustituía cualquier síntoma de sensibilidad humana, y habían dejado de ser los ignorados de siempre para devenir instrumentos de la maldad. Pero lo peor, según me contaba Teresa, era el increíble sometimiento psicológico que con sofisticados artificios el gobierno lograba impulsar a partir de estímulos prefabricados, y también la inconciencia deshumanizada que justificaban por el aquello de la pureza revolucionaria. Ella, desde su mazmorra adquirida, y ellos, desde su trono ilusorio, formaban parte del escenario al que se habían sumado como personajes circunstanciales, y en todos los casos sin propia iniciativa, puesto que era el poder desde la amarga decrepitud quien movía los hilos de las marionetas en las que se habían convertido.

Lista para enfrentarse a las ordalías, la histórica Teresa, símbolo de una generación subterránea, apretó los puños y se dirigió respirando muy hondo hacia la mesa a través de la muchedumbre que inquieta y vestida de fiesta, esperaba por la aparición de los gladiadores. Una vez pasada la prueba de fuego que era el sentirse observada por miles de ojos curiosos y otros tantos de manifiesta maledicencia, se acercó a uno de los ilustrísimos jueces y le entregó la citación, a esas alturas arrugada y ligeramente húmeda producto del sudor de sus manos. Después de observarla con indiferencia de pies a cabeza, el hombre le pidió que se sentara. Había que esperar, no sabía a qué o a quién, pero la calurosa noche, la impronta relajación de sus sentidos y el bullicio cada vez más murmurante, le hicieron cerrar los ojos que poco a poco fueron dejando de existir para adentrarse en la placidez del sueño. Cuando los abrió Gloria estaba frente a ella, y aquél viejecillo oscuro que una vez le había sido presentado por ella en la Plaza de la Catedral.
-En el juicio sumario bla bla bla… del tribunal revolucionario… bla bla bla… a los tantos días del mes tal… bla bla bla… y ante el pueblo del municipio de… bla bla bla...
-“¿Qué coño es esto?” –se preguntaba tratando de establecer contacto con los ojos de una Gloria sin gloria, la que sin duda rehuía de su mirada. Con la cara blanquísima por el maquillaje de Pierrot, el pelo encaracolado e intensamente negro, minifalda muy apretada y camisón ancho, la que fuera una de sus compañeras de ligue era juzgada por delitos sexuales. El viejo señor, de largas y coposas cejas acompañadas de miradas diabólicas, se mantenía callado pero a la expectativa, listo para señalar culpables.
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Ordalías, grabado de la Edad Media
Ordalías, grabado de la Edad Media.